El último boyscout

Ese tipo que se burla de sí mismo con pinta de perdedor

Si eres fan de Bruce Willis en El último Boy Scout, tal vez debas leer esto.

Todos conocemos a alguien como Joe Hallenbeck, es ese tipo que hace bromas sobre sí mismo, se tira al suelo antes de que alguien más lo haga y se presenta como “el que ya va de bajada”. A veces da risa, otras incomoda, pero muchas más es una señal de algo más grave.

Es que muchos hombres se identifican con ese personaje, yo fui uno de ellos: un héroe venido a menos, cínico, sarcástico, que se habla mal a sí mismo, se subestima y parece haberse rendido consigo mismo. Yo solía decir: “no hay amargura, pura filosofía”, como una forma de ver con humor los fracasos y las derrotas. Este personaje vive desde el “ya qué más da”, pero sigue avanzando como puede, y claro, la película le da un giro: aparece una oportunidad que trae justicia a su vida y un poco de redención. Una esperanza secreta que muchos comparten: que la vida, en algún momento, les traiga reivindicación.

El problema es que en la vida real ese giro no siempre llega. En la vida real lo que observamos es pinceladas de autodesprecio. En psicología, ese autodesprecio no es solo baja autoestima, es una forma de relación contigo mismo en la que te tratas como alguien sin valor: te hablas mal, te minimizas, te castigas, a veces en el pensamiento y otras frente a los demás en forma de chiste. “Es broma”, dices… ¿pero lo es?

¿Cómo detectarlo en ti? Usas el sarcasmo y la ironía como escudo, te haces el gracioso y te ridiculizas antes de que alguien más pueda hacerlo, como una forma de desarmarlos. Te adelantas a la crítica para que no duela tanto. Normalizas la indiferencia, el rechazo o incluso el maltrato. Aceptas migajas en las relaciones porque dudas que merezcas el plato completo. Te exiges de más y aun así nada parece suficiente. Confundes el aguantar con una virtud.

¿Y por qué es tan peligroso alimentarlo? Porque el autodesprecio te encierra, te lleva a relaciones mediocres, límites débiles y renuncias constantes, no porque eso merezcas, sino porque te convenció de que es lo único que mereces.

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El personaje funciona en el cine porque hay guion, en la vida real, si no se trabaja, el autodesprecio no tiene final épico, se vuelve una forma de vivir, parte de tu personalidad. Para cambiarlo no se trata de “pensar positivo”, ni de frases motivacionales, ni de verte como un personaje de película, se trata de revisar esa voz interna que te controla, entender de dónde viene y dejar de vanagloriarte de ella como si fuera humor inteligente. Se trata de preguntarte si estás viviendo dentro de un personaje que creaste para no sentir, para no exponerte emocionalmente y para no volver a decepcionarte, aunque ese personaje te esté alejando de los demás y de ti mismo, de las verdaderas conexiones.

Reírte de ti de vez en cuando es muy distinto a vivir despreciándote sin darte cuenta.

No todos los Joe Hallenbeck tienen un golpe de suerte, a veces ese giro no llega de afuera, hay que empezar a crearlo dentro de uno mismo.

¿Y cómo se trabaja esto en terapia?

Los hombres que viven desde este lugar no llegan diciendo “Germán, me desprecio todo el tiempo”, llegan con sus historias de relaciones que no funcionan, de mujeres que “piden demasiado” o que “no saben lo que quieren”, de cansancio y de una sensación constante de estar siempre dando pero nunca siendo elegidos del todo. Y entre líneas aparece el personaje: ese hombre que aprendió a no necesitar, a no incomodar, a no mostrarse demasiado, el que hace un chiste justo cuando algo empieza a ponerse serio y el que se baja de la nube antes de que alguien más lo baje.

En terapia no intento convencerlo de que “vale mucho”, porque eso ya lo escuchó mil veces y no le hizo sentido, lo que hacemos es detenernos en la forma en la que se habla a sí mismo, en ese tono casi imperceptible con el que se descalifica, se reduce y se abandona, no como un error sino como una costumbre, como una lealtad silenciosa a una historia antigua. Porque ese hombre no nació así, en algún momento aprendió que mostrarse era arriesgarse demasiado, que desear implicaba exponerse emocionalmente y que esperar algo de alguien podía terminar en decepción, y entonces hizo un trato consigo mismo: “no necesito tanto, con esto me alcanza”.

Ese acuerdo lo protegió, pero también lo dejó solo, y ahí es donde empieza el verdadero trabajo, no en construir una versión inflada de sí mismo sino en desarmar ese acuerdo, en permitirse reconocer que sí quiere más, más presencia, más deseo, más reciprocidad, y en tolerar lo que eso implica: el riesgo de no ser correspondido, el miedo a no ser suficiente y la incomodidad de dejar de esconderse detrás del humor o la indiferencia. También es empezar a elegir distinto, no desde la urgencia ni desde la resignación sino desde un lugar más honesto donde ya no se conforma con ser el que aguanta, el que entiende o el que se adapta. El que es buen amigo, pero no material para pareja sentimental.

Porque hay algo que muchos hombres descubren en ese proceso, y no siempre les gusta al inicio: que el problema no era solo lo que les daban, sino lo que ellos estaban dispuestos a aceptar, y ahí es donde la terapia deja de ser un espacio cómodo y se vuelve un espacio real, porque no lo salva, lo confronta, le quita el personaje que lo hacía sentirse seguro y lo deja frente a sí mismo, sin guion, y desde ahí, si se atreve, puede empezar a construir algo distinto, no una vida perfecta, pero sí una donde ya no tenga que traicionarse para sentirse acompañado.

Por último, me encuentras en X y también puedes escucharme en XpressoDoble, junto a Eva, donde mientras el mundo corre, ahí elegimos detenernos para pensar lo que sentimos.

Con cariño,
Germán Renko
Psicólogo y terapeuta de pareja

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