Lo primero que queremos es quitárnoslas de encima

Un día, en sesión, le dije a mi paciente: las emociones negativas son como tener una cucaracha en el hombro. ¿Y qué se hace cuando tenemos un bicho tan cerca? Se sacude, se manotea, se grita y se quiere lo más lejos posible.

Así nos pasa con ciertas emociones. Apenas aparecen, lo primero que queremos es quitárnoslas de encima. No queremos entender por qué sentimos ansiedad, miedo, tristeza, celos o incertidumbre. Queremos que se vayan. Queremos volver a estar bien. Queremos recuperar la tranquilidad al precio que sea.

A veces, lo que más afecta no es lo que sentimos en sí, sino la urgencia de dejar de sentirlo. Esa urgencia por apagar el malestar, por salir cuanto antes de lo incómodo, por alejar todo aquello que duele, remueve o nos confronta. Como si una emoción desagradable fuera una falla. Como si estar mal fuera una señal de debilidad. Como si toda emoción incómoda tuviera que ser eliminada de inmediato. Como si nuestra naturaleza fuera siempre estar bien.

La urgencia de dejar de sentir

Piensa, por ejemplo, en la ansiedad que surge antes de un evento futuro: una reunión, una comida, una conversación pendiente, llegar a casa. No necesariamente hay un peligro real en ese momento, pero tu cuerpo se siente inquieto. El corazón se acelera, la cabeza anticipa escenarios y llega ese miedo de que la reunión salga mal, la conversación se complique, la comida sea incómoda o volver a casa se vuelva una necesidad. Entonces quieres que el evento suceda ya, no porque tengas tantas ganas de vivirlo, sino porque quieres volver a sentirte tranquilo.

También puede pasar cuando tienes una diferencia con tu pareja. El ambiente entre uestedes se altera, queda tenso, no se resuelve como esperabas, y eso te genera ansiedad, miedo o enojo. Entonces te dan ganas de hablarlo de inmediato, de discutirlo hasta agotar la conversación, de dejar todo aclarado y solucionado en ese mismo momento.

Quizá presionas a tu pareja para tener esa plática. Y si no está dispuesta a hacerlo, puedes empezar a perseguirla, insistirle o acorralarla con un sentido de urgencia. No solo porque quieras arreglar el problema, sino porque necesitas dejar de sentir lo que estás sintiendo. A veces queremos resolver la relación, sí, pero también queremos apagar la ansiedad que la incertidumbre nos está provocando.

También pasa con el dolor de alguien que amas. Si tu hijo se cae, se raspa o tiene un accidente jugando, su llanto puede despertarte ansiedad, angustia o impotencia. Te duele verlo sufrir, pero también te incomoda lo que su dolor provoca en ti. Y entonces, casi sin darte cuenta, tu primer impulso puede ser que deje de llorar lo antes posible. No solo para que él esté bien, sino para que tú también puedas dejar de sentir lo que estás sintiendo.

Por eso muchas veces decimos frases como: “no pasa nada”, “no es para tanto”, “ya, ya, pronto vas a estar bien”. Frases que quizá nacen del amor, pero que también pueden invalidar lo que el otro está sintiendo. En el fondo, a veces intentamos calmar las emociones del otro para poder calmar las nuestras.

Y así, sin mala intención, aprendemos a hacer con los demás lo mismo que hacemos con nosotros: apurar el malestar, minimizarlo, quitarlo de en medio, como si toda emoción negativa tuviera que desaparecer cuanto antes.

Lo que no escuchas busca salidas

El problema es que muchas emociones no desaparecen solo porque intentemos sacudirlas. A veces se intensifican. A veces encuentran otra forma de salir. A veces se convierten en insomnio, irritabilidad, cansancio, explosiones, alejamiento, control, discusiones, pensamientos que no se callan o deseos de mandar todo al infierno.

No es que la emoción sea tu enemiga, sino que está intentando darte una señal y no ha encontrado una forma menos invasiva de hacerlo.

Sentir ansiedad no siempre significa que algo terrible está por ocurrir. A veces significa que estás intentando controlar demasiado para no sentirte mal si las cosas no salen como las planeaste o para evitar que alguien cercano sufra. El miedo a sentirnos mal puede llevarnos a querer anticipar cada detalle.

Sentir tristeza no siempre significa que estás roto. A veces significa que una pérdida, una ausencia, una desilusión o una despedida te importaron más de lo que imaginabas.

Sentir celos no siempre significa que seas una persona tóxica. A veces muestran una herida, una inseguridad, una comparación dolorosa o que necesitas sentirte más tranquilo, más querido o más seguro a lado de esa persona.

Sentir una emoción desagradable no implica que debas actuar de inmediato ni creer a ojos cerrados lo que esa emoción te está contando. Puedes sentir miedo y aun así no estar en peligro. Puedes sentir enojo y aun así no tener derecho a hacer daño. Puedes sentir celos y aun así no tomarlos como pruebas de una infidelidad. Puedes sentir tristeza y aun así no estar condenado a quedarte ahí para siempre.

Escuchar una emoción no es dejar que maneje tu vida. Es permitirte entender qué te está señalando antes de reaccionar como si hubiera que exterminarla, como si solo se tratara de deshacerse de un animal rastrero en el hombro.

Por eso sentir una emoción no significa resignarte a sufrirla eternamente. Tampoco significa quedarte inmóvil, atrapado en lo que sientes. Significa hacer una pausa antes de huir. Significa dejar de pelear con lo que sientes el tiempo suficiente para darte cuenta de qué está pasando dentro de ti.

¿Qué estoy sintiendo exactamente? ¿Dónde lo siento en el cuerpo? ¿Qué me está pidiendo esta emoción? ¿Qué estoy interpretando? ¿Qué necesito cuidar? ¿Qué parte de mí se siente amenazada, abandonada, insuficiente, ignorada o fuera de lugar?

Reconocer una emoción no la desaparece, pero ayuda a bajarle el volumen a lo que sientes. La vuelve menos terrible, le da forma y la saca de ese punto donde la situación se siente como peligro, urgencia o desastre.

También ayuda recordar que tú no eres lo que sientes. Sentir enojo no te convierte en una persona violenta. Tener miedo no te hace débil. Sentir celos no te vuelve automáticamente posesivo. Estar triste no significa que hayas retrocedido. Una emoción es una visita en tu pecho… intensa, incómoda a veces, pero pasajera. Aunque durante 30 minutos de intensidad se sienta como si fuera a quedarse para siempre, tú eres más que ese momento.

Lo difícil es que muchas personas no aprendieron a conectar consigo mismas cuando una emoción les duele, las rebasa o les recuerda una herida que todavía no saben cómo manejar. Aprendieron a distraerse, complacer, controlar, explotar, guardarse lo que sienten, trabajar de más, buscar aprobación, revisar el celular, discutir hasta el cansancio o fingir que no pasa nada.

Cada quien aprende a sobrevivir como puede con lo que siente. Pero llega un punto en que las estrategias que antes ayudaban a soportar la vida la vuelven más complicada. Lo que un día te sirvió para no desbaratarte puede convertirse después en la forma en que te lastimas, te aíslas o lastimas a otros.

Por eso no se trata de amar el malestar ni de idealizar el sufrimiento como una virtud, ni normalizarlo como si fuera inevitable. Se trata de aprender a no salir corriendo cada vez que una emoción te sacude.

No todo tiene que resolverse en ese instante

Tolérala sin urgencia. No tienes que atacar cada emoción en cuanto aparece. No tienes que entender lo que pasa en ese mismo instante. No tienes que salir corriendo a escribir, llamar, reclamar, borrar, revisar, bloquear, explicar o tomar una decisión definitiva desde la intensidad del momento. A veces, lo más difícil no es saber qué hacer con una emoción, sino permitir sentirla sin convertirla en emergencia.

La calma no siempre llega cuando el malestar desaparece. A veces llega cuando dejas de pelearte contigo. Cuando puedes decir: esto me incomoda, pero puedo reconocerlo. Esto me duele, pero puedo aceptarlo. Esto me asusta, pero no tengo que reaccionar de inmediato. Esto me provoca celos, pero no tengo que tomarlo como una traición que ya está sucediendo.

También es importante evitar castigarte por lo que sientes. No eres menos fuerte por sentirte mal. No eres menos maduro por tener miedo. No eres menos digno por sentir celos. No eres menos valioso porque una emoción te duela más de lo que quisieras aceptar o más de lo que sientes que puedes manejar.

Muchas veces, al malestar le agregamos una segunda capa de sufrimiento: la culpa por estar sintiendo eso. Nos duele una pérdida, una ausencia, una discusión, una decepción o una herida vieja y, encima, nos regañamos por sentirlo. Nos da miedo y, además, nos acusamos de débiles. Sentimos celos y, para colmo, nos tratamos como si eso nos hiciera personas horribles.

Pero castigarte por sentir no te vuelve más fuerte. Solo te deja más solo con lo que te pasa. Hay emociones que necesitan ser atendidas, no atacadas. Hay heridas que necesitan ser comprendidas, no castigadas. Hay momentos en los que sentirte mal no significa que estés fallando, sino que lo que está pasando te está pidiendo espacio.

Necesitas un lugar seguro para sentir

Y no siempre se puede hacer solo. A veces necesitas un espacio seguro. Alguien con quien puedas hablar sin que minimice lo que sientes, sin que se burle, sin que te diga “ya supéralo”, “no es para tanto” o “estás exagerando”. Alguien que pueda escucharte sin convertir tu emoción en un problema que hay que corregir de inmediato.

Hablar con alguien que invalida lo que sientes puede hacer que la cucaracha se sienta todavía más grande. En cambio, cuando encuentras un lugar donde puedes identificar lo que te pasa sin ser juzgado, lo que sientes toma sentido, se acomoda en donde le corresponde. No porque la emoción desaparezca mágicamente, sino porque ya no tienes que cargarla en silencio ni pelearte con ella a solas.

Y si no has aprendido a hacerlo por ti mismo, no tendrías por qué avergonzarte. Para eso también puede servir la terapia: no para aplastar la cucaracha del hombro de un manotazo, sino para ayudarte a mirar lo que sientes sin salir corriendo, sin castigarte, sin hacerte daño y sin dejar que esa emoción tome el volante de tu vida. A veces, cuando dejas de tratar una emoción como una cucaracha que hay que aplastar, entiendes qué parte de ti estaba pidiendo atención.

Gracias por tu visita 🙏

Con cariño,
Germán Renko
Psicólogo y terapeuta de pareja


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