Va a terapia de pareja

Todo el mundo está discutiendo la hamburguesa triple. Yo creo que el problema nunca fue la hamburguesa.

Como terapeuta de pareja, llevo años escuchando a dos personas salir de la misma situación con historias completamente distintas. Cuando vi este caso, más que preguntarme quién tenía la razón, pensé en cómo dos personas pueden vivir exactamente la misma cita y salir convencidas de que el problema era el otro.

Ambos coinciden en casi todos los hechos. Él la llevó primero a un restaurante. A ella no le pareció apropiado para una primera cita y propuso cambiar de lugar. Él aceptó. Fueron al restaurante que ella eligió. Ella pidió una hamburguesa triple. Él hizo un gesto de desagrado. La conversación nunca fluyó. Ella pasó parte de la cita viendo el celular. Al final, él la llevó a casa y le dijo que no quería volver a salir con ella. Hasta ahí, es la misma versión.

Cuando una pareja llega a consulta y ambos recuerdan los mismos hechos, normalmente el conflicto está en el significado que cada uno les dio. En esa interpretación suele estar el verdadero problema.

Si escuchamos con atención, descubrimos que los dos cuentan la misma historia, pero en un idioma distinto. Spoiler: probablemente solo puedas entender uno de ellos.

Para él, la secuencia parece ser esta: ella rechaza el restaurante, pide cambiarlo, elige uno más caro, ordena el platillo más abundante y pasa buena parte de la cita pendiente del teléfono.

Ella ve una secuencia distinta: él la lleva a un restaurante que considera indigno para una primera cita, ella pone un límite, pide lo que quiere comer, él la juzga por una hamburguesa y termina rechazándola.

Los hechos cambian muy poco. Lo que cambia es la historia que cada uno se cuenta sobre el otro.

Él concluye que ella espera demasiado de un hombre. Ella concluye que él es un hombre tacaño que la juzga por lo que pidió de comer.

A partir de esa primera impresión, cada conducta pasa de ser un hecho a convertirse en una prueba de que tenían razón.

Esta distorsión ocurre con mucha más frecuencia de la que imaginamos. En una primera cita apenas conocemos a la otra persona. Sin embargo, en cuestión de minutos nos respondemos automáticamente varias preguntas: ¿cómo trata a los demás?, ¿qué espera de una relación?, ¿es generosa o interesada?, ¿es una persona sencilla o presumida?, ¿vale la pena seguir conociéndola?

El problema es que esas respuestas casi nunca se basan en suficiente información. Surgen de las historias que nuestra mente construye con muy pocas piezas.

La misma cita, dos miradas diferentes

A partir de ahí, el restaurante adquiere un significado distinto para cada uno.

Ella no rechaza la comida del primer restaurante. Rechaza lo que ese lugar representa para ella. Lo dice claramente: «¿Cómo me van a traer para acá en una primera cita?». También aclara que vivir en un barrio no significa que deba conformarse con cualquier hombre ni con cualquier restaurante.

Para ella, el lugar habla del interés que él tiene por impresionarla y del valor que le está dando a ese primer encuentro.

Él, en cambio, ve en la hamburguesa una señal más de la impresión que se había formado sobre ella.

Cuando apenas conoces a alguien, cualquier detalle adquiere un peso desproporcionado. Rechazar el primer restaurante, elegir otro y después pedir el platillo más abundante puede llevarte a preguntarte cómo esa persona suele relacionarse con el dinero, qué espera de quien la invita o cuáles son sus hábitos.

Si alguien a quien acabas de conocer pide una hamburguesa triple, es normal que aparezcan interpretaciones automáticas. Quizá pienses que tiene mucha hambre, que acostumbra pedir porciones grandes o que se siente cómoda eligiendo lo más abundante cuando otra persona está pagando.

En su caso, esa impresión también parece adquirir un componente económico. Él mismo aclara que una mujer no puede ser considerada interesada únicamente por pedir una hamburguesa triple. Sin embargo, enseguida explica que, tratándose de una primera cita y de alguien con quien todavía no tenía un vínculo, ese pedido le pareció fuera de lugar.

Ella interpreta su reacción como si toda la incomodidad se redujera al precio de la hamburguesa. Pero, al escuchar su versión completa, parece que él estaba mezclando varias impresiones al mismo tiempo: el cambio de restaurante, lo que pidió, el momento en que lo pidió, el barrio donde ella vivía, su apariencia física, el lenguaje corporal y la forma en que ella se comportó durante la cita.

En el relato de él, la idea de que ella podía ser una mujer interesada se vuelve más específica: sospecha que estaba buscando un sugar daddy.

Esa conclusión parece provenir de todo lo ocurrido durante la cita. Desde su perspectiva, ella rechazó el primer restaurante porque lo consideró insuficiente, eligió uno que percibía como de mayor nivel, pidió el platillo más abundante, mostró poco interés en conocerlo y pasó parte del tiempo viendo el celular.

Con ese conjunto de señales construyó una historia: ella esperaba que un hombre financiara cierto estilo de vida solo por su presencia. Desconocemos si esa suposición era correcta. Lo importante es observar cómo el hombre llegó a esa conclusión. La hamburguesa fue una señal más dentro de la impresión que se había formado sobre la mujer.

Nadie llega a una cita en blanco

La diferencia de edad también ayuda a entender por qué aparece la idea del sugar daddy. Ella tenía 27 años y él 37. En varios momentos deja entrever que conoce ese tipo de relaciones y que las asocia con hombres que utilizan su estabilidad económica para atraer mujeres más jóvenes. Incluso afirma que quien acepta ese papel tiene baja autoestima.

Ese comentario revela que, antes de conocerla, tenía una idea sobre ese tipo de relaciones. Lo ocurrido en la cita terminó confirmándosela.

Nadie llega a una relación como una hoja en blanco. Todos traemos experiencias, creencias y decepciones que funcionan como lentes. Sin darnos cuenta, miramos al otro a través de ellos.

En su caso, lo vemos cuando ella intenta explicar el rechazo.

Cuenta que desde la cena sintió que él estaba incómodo con su presencia y que cualquier cosa que hacía parecía molestarle. Las señales de rechazo estaban ahí. En lugar de considerar que quizá simplemente no le había resultado atractiva, concluye: «Si no era gay, estaba haciendo el curso».

La explicación cumple una función psicológica muy útil: protege su autoestima.

Si él es gay, el rechazo tiene una causa atribuible a él. Su apariencia, su personalidad y la manera en que se comportó durante la cita quedan fuera de la explicación.

Algo similar ocurre cuando él le dice que no quiere volver a verla y ella responde: «Yo no soy mujer de andar rogándole a un hombre».

Nadie le estaba pidiendo que rogara. La frase parece responder a otra necesidad: recordarse a sí misma que, aunque fue rechazada, su dignidad sigue intacta.

En terapia solemos encontrar este tipo de respuestas. Cuando una explicación resulta demasiado dolorosa, la mente busca otra que permita conservar una buena imagen de nosotros mismos. Muchas veces lo hace para protegernos.

Él también necesita protegerse.

Cuenta que esa cita marcó un antes y un después en su forma de ver a las mujeres y acaba dividiéndolas entre «mujeres sanas» y «mujeres bandidas».

Una sola cita le basta para confirmar lo que pensaba sobre las mujeres.

También aparece una contradicción. Mientras cuestiona a los hombres que utilizan su estabilidad económica para atraer mujeres más jóvenes, él mismo eligió salir con una mujer diez años menor.

La atracción entre personas con diferencia de edad suele ser más compleja que una sola explicación. La experiencia, la estabilidad, la seguridad económica o el momento de vida también pueden formar parte de aquello que resulta atractivo en un hombre mayor.

Al explicar todo como una búsqueda de sugar daddy, pasa por alto el papel que él también jugó al elegir salir con una mujer diez años menor.

Y abre una pregunta que, desde mi punto de vista, resulta más interesante en terapia: ¿qué experiencias anteriores hicieron que una sola cita bastara para clasificar a las mujeres entre «sanas» y «bandidas»?

La historia que necesitamos creer

Aunque no lo parezca a simple vista, los dos hacen exactamente lo mismo. Construyen una explicación donde el problema principal queda del otro lado.

Vamos con otro detalle que vale la pena observar.

Ella afirma que fue una cita a ciegas organizada por su mamá y que no sabía quién era él. Él asegura que ya se conocían, que habían hecho clic y que habían intercambiado teléfonos antes de salir. Es imposible saber cuál de las dos versiones es correcta. Lo evidente es que ambas no pueden ser ciertas al mismo tiempo.

En consulta he aprendido que estas diferencias no siempre surgen porque alguien quiera mentir. Con frecuencia, cada persona reconstruye la historia de la manera que mejor encaja con la explicación que necesita darse.

Si ya se conocían y habían sentido interés mutuo, aceptar que él cambió de opinión después de la cita podía sentirse como un rechazo directo. En cambio, presentarla como una cita organizada por su mamá permite pensar que él simplemente no conectó con alguien que acababa de conocer.

No hay manera de confirmar cuál versión es la verdadera. Lo señalo porque muestra un fenómeno frecuente en las relaciones: nuestra memoria es selectiva, recuerda los hechos y también los organiza para que tengan sentido dentro de la historia que nos contamos sobre nosotros mismos.

También resulta significativa la relación que ella establece entre vivir en un barrio y mantener ciertos estándares en hombres y restaurantes. En su relato, el lugar elegido para la cita representa mucho más que comida: habla de aspiraciones, trato, estatus y de la clase de hombre que considera aceptable.

Quizá por esa razón eligió un restaurante que podía quedar fuera del presupuesto que él tenía pensado. Para ella, una primera cita debía cumplir con ciertas condiciones. El problema es que ninguno habló de esas expectativas. Cada uno dio por hecho que el otro debía entenderlas.

Desde la ventana del consultorio

Este caso ilustra con claridad el sesgo de confirmación. Una vez que creemos haber entendido cómo es alguien, interpretamos lo que hace como una prueba de que teníamos razón.

Él pudo pensar: «Esta mujer tiene expectativas económicas demasiado altas». A partir de ahí, el cambio de restaurante, la hamburguesa triple y el celular confirmaron su idea.

Ella pudo pensar: «Este hombre es tacaño y me está juzgando». Desde ese momento, su gesto, su distancia y el rechazo final confirmaron la suya.

No significa que alguno de los dos tuviera razón. Significa que ambos empezaron a mirar cada detalle a través de la historia que habían construido sobre el otro. Es como ponerse unos lentes azules o rojos: todo adquiere ese tono.

En terapia de pareja veo este patrón constantemente. Uno piensa que su pareja es indiferente y convierte cualquier silencio en una prueba de esa indiferencia. El otro cree que siempre quieren controlarlo y siente cualquier pregunta como un reclamo. Llega un momento en que cada gesto deja de interpretarse por lo que es y solo sirve para confirmar la historia que cada uno se hizo sobre el otro.

Muchas discusiones parecen girar alrededor de hechos pequeños, cuando en realidad defienden historias mucho más grandes: «Nunca te importo», «Siempre quieres controlarme», «Todo lo haces por interés», «Nada de lo que hago te parece suficiente». Solo son interpretaciones a los hechos, no significa que sean verdades absolutas.

También hay una verdad dolorosa en este caso: la disposición de un hombre a gastar durante una primera cita suele estar relacionada con la atracción que siente por la mujer. Mientras más le gusta, más dispuesto puede estar a consentirla, pagar una cena costosa o aceptar ciertas exigencias. Cuando la atracción disminuye, el mismo gasto puede parecerle excesivo o injustificado.

Si ella no le resultó atractiva, o si él perdió el interés desde el conflicto con el primer restaurante, probablemente vivió el resto de la cita con mayor rechazo. La hamburguesa triple pudo reforzar esa impresión, aunque difícilmente nació en ese momento.

Ella misma cuenta que lo sentía incómodo con su presencia y que cualquier cosa que hacía parecía molestarle. Las señales de rechazo estaban ahí. Aceptar que quizá simplemente no le gustó resultaba más doloroso que pensar que él era tacaño, prejuicioso o gay.

La dinámica con el celular muestra que ambos habían perdido el interés en la cita antes de que terminara. Ella se refugió en el teléfono porque la conversación y la conexión habían desaparecido. Él interpretó ese gesto como desinterés y falta de educación. Cada uno reaccionó a su propia lectura de lo que estaba ocurriendo, y esas reacciones confirmaron la mala impresión del otro.

Esto también sucede en las relaciones. Uno se aleja porque se siente rechazado. El otro interpreta ese alejamiento como falta de amor y responde con frialdad. El primero recibe esa frialdad como una confirmación de que tenía razón al alejarse. Así se forma un ciclo donde cada reacción alimenta aquello que la provocó.

El verdadero conflicto

Al final, la hamburguesa nunca fue la causa del fracaso de la cita. Solo se convirtió en el detalle más fácil de discutir en redes sociales. El verdadero conflicto estuvo en cómo dos personas llegaron con expectativas, prejuicios y experiencias distintas, interpretaron cada conducta del otro como una confirmación de su mala impresión inicial y salieron de la misma cita con historias opuestas.

Las personas rara vez reaccionamos únicamente a lo que el otro hace. Reaccionamos a lo que creemos que significa su conducta.

En esa interpretación nacen muchos de los conflictos de pareja. Nos relacionamos con la versión que construimos de la persona que tenemos enfrente. Una buena terapia de pareja ayuda precisamente a distinguir lo que realmente ocurrió de la interpretación que cada uno hizo para explicarlo.

Antes de concluir que alguien es indiferente, interesado, controlador, tacaño o egoísta, conviene preguntarse: ¿estoy reaccionando a lo que realmente ocurrió o a la historia que construí para explicarlo?

Tal vez ahora entiendas por qué, cuando vi este caso, me interesó mucho menos decidir quién tenía la razón que comprender la historia que cada uno estaba contando.

Probablemente, desde que viste uno o ambos videos, tomaste partido. Esa elección también tiene que ver con tu propia historia, tus experiencias y los lentes con los que interpretas a los demás.

Ahora que terminaste de leer este análisis, vuelve a mirar los videos. ¿Puedes verlos con unos lentes distintos a los tuyos?

Quizá descubras que, al menos esta vez, el problema no eran solo los demás.

Despedida

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Con cariño,
Germán Renko
Psicólogo y terapeuta de pareja


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